|
En perfecta continuidad con el Domingo pasado el Evangelio de hoy nos presenta el desenlace del pasaje de Jesucristo, Ntro. Sr. en la Sinagoga de su natal Nazaret. Todos los concurrentes le dan a Jesús su aprobación cuando les dice que ese pasaje, de rico sabor mesiánico, se ha cumplido en ese momento. Sin embargo, les advierte que la salvación de Dios se les puede escapar de las manos por lo torcido de su proceder en el cumplimiento de la verdadera ley de Dios. (Les voy a enseñar el camino mejor de todos, les dice San Pablo a los Corintios en la segunda lectura, “Si no tengo amor nada soy”)
Los milagros de los profetas citados por Jesús, son por demás conocidos por el auditorio presente en la Sinagoga, pero siempre los habían considerado como un alarde vano del poder de Dios que sí alcanza hasta para los paganos a quienes, ciertamente Dios quiso darles a conocer su Amor. Jesús, les advierte que había de entre el pueblo de Dios, viudas y leprosos en esos mismos días que no fueron objeto de la clemencia divina.
Mejor prueba no pudieron dar estos irreverentes devotos de la reunión sabatina, que cumplían con el precepto de asistencia (hasta en el día del Super Bowl), pero su verdad era falsa; aprobaban lo que de Jesús les agradaba y les hacía sentir orgullosos, pero, que les echara en cara que no habían sido dignos de la bendición con que Dios los había querido revestir, fue intolerable y, el odio despiadado se destiló del corazón hasta su proceder:. pretender despeñar al que es la Roca Angular; pretender arrancarle la vida al dador de la existencia. Acaso no muestra Jesús, en esta ocasión que por ser Dios Verdadero nos conoce y conoce lo que el Padre celestial tiene que decirnos para nuestra salvación: “Ponte de pie y diles lo que yo te mando”.
Jesús pasa por en medio de una turba enardecida sin que nadie, en su letal intención, le pueda aplicar sus intenciones. Su odio no produjo más que la desesperación de su inútil proceder ¿qué lograron estos nazarenos? Que Jesús se les alejara... dejaron partir el amor verdadero, la vida verdadera, la única esperanza.
No pretendamos las grandezas y honores que sólo a Dios, en Jesucristo, por el Espíritu, le corresponden. Vivamos con valor, ofreciendo a quien lo requiera la certeza que nos da el sabernos amados de Dios; apartemos nuestros pasos de las banalidades de estos tiempos emergentes y, aunque nos cuesten algunos desprecios y chascarrillos mezquinos, andemos con Jesús, firmes, pero en su paz.
SALGAMOS YA DE LA INDEFERENCIA Y TERRIBLE PASIVIDAD. DEMOS LA CARA ANTE LOS QUE SE NOS OPONEN A VIVIR SEGÚN CRISTO Y MOSTRÉMOLES LA BUENA NUEVA DE DIOS EN CRISTO CON UN CORAZÓN LLENO DE CARIDAD. |