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5° DOMINGO ORDINARIO Imprimir E-mail
Escrito por Modesto Mario   
28.01.2010
Como si San Lucas nos llevara de la mano paso a paso contemplando los paisajes entorno a nuestro Señor Jesucristo, nos ubica ahora en el Lago de Genesaret o Mar de Galilea, en el conmovedor episodio del encuentro entre Jesús y sus primeros Apóstoles; los adiestrados pescadores que no tienen suerte en su labor. (Cualquier semejanza con nosotros no es casualidad)

La reacción de San Pedro, tras haber argumentado, con su basta experiencia marina, que ya no eran horas de pesca, pero haciendo patente su confianza en las palabras del Maestro, al contemplar el riquísimo fruto de su confianza; de no ser digno (como Isaías en la primera lectura) de merecer ese don, al reconocerse pecador. Nos debe llevar a la toma de conciencia de nuestra similitud con ellos, es decir, nosotros somos buenos en aquello a lo que nos dedicamos, confiamos en nuestras destrezas y la experiencia laborar que hemos podido, con muchos sacrificios, forjar y que nos dan cierta tranquilidad ante el futuro. Sin embargo, al igual que Pedro e Isaías somos seres humanos, hechos del polvo de la tierra y del mismo modo conocemos nuestras debilidades y la gran variedad de nuestras traiciones.

Te das cuenta de que Jesús no se buscó colaboradores intachables o impecables; adviertes que más que lo que Pedro podía, con su naturaleza, confiar en Jesús, es precisamente Él quien ha puesto su confianza en ese Pedro y en todos los que como el primero hemos sido llamados por Jesús a echar las redes en su nombre.

Todos los que por el bautismo hemos sido incorporados a Cristo tenemos la misión (ser DISCÍPULOS Y MISIONEROS) de representar de muchas formas la presencia redentora y siempre eficaz del Salvador del mundo.

Desde luego que no somos dignos ni capaces de hacer lo que Jesús, pero Él nos eligió a realizarlo y, al elegirnos como discípulos y apóstoles, nos dio su Espíritu y no ha sido estéril su presencia en nuestro corazón. Como a San Pablo (en la segunda lectura) aunque más que traidores hayamos sido crueles e implacables perseguidores de los predicadores del Evangelio, nos terminó por vencer, como dice el poeta, el ladrón de corazones que en la cruz nos lo arrebató para siempre.

Pues bien, nos urge volver a echar las redes en nombre de Jesús y confiando sólo en la eficacia de su Santo Espíritu, porque nos quieren arrebatar nuestra verdad, nuestra paz, nuestra fe, nuestro orgullo de ser, inmerecidamente, propiedad divina; porque somos de Dios su posesión más preciada, tan altamente cotizados en su divino corazón, que entregó al Hijo obediente para salvarnos a los desobedientes.

Dejémonos de esta insípida timidez cristiana. Brillemos ya con la luz de la gracia sobrenatural que nos empuja y démosle a nuestro mundo la oportunidad de disfrutar el amor de Dios; basta de labios impuros y que nuestra boca con toda confianza y alegría mencione a Dios en todas partes sin temor.

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