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Escrito por Modesto Mario
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13.02.2010 |
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Las lecturas de este domingo, con todo su dramatismo, nos llevan a profundizar y reflexionar íntimamente en el aspecto de la confianza que tiene nuestra fe en Dios; en la verdad que nos ha revelado en su Hijo: ¿Confías en Dios? No pretende esta pregunta indagar el grado de credulidad: una cosa es creer en la existencia de un Ser Superior o Supremo y otra cosa, muy distinta, confiar en ese Ser. El hombre arcaico creía en la existencia de muchas divinidades; generalmente seres cósmicos a los que no les podía dar explicación; creían en su existencia, pero no confiaban en ellos, porque eran caprichosos y de una inestabilidad anímica, que había que cargar un carretón de talismanes para escapar de sus susceptibilidades bipolares.
Confiar en Dios significa que creer que lo que nos ha revelado en Jesucristo, es la verdad auténtica sin cláusulas invisibles, de esas que después aparecen en el contrato perjudicándonos irremediablemente. Confiar en Dios significa estar seguro de su favor; jamás dudar de su intención; dejarle abierta la puerta hasta del corazón, sabiendo que pasará por él con tanto respeto que no sólo no tomará nada, sino arreglará todo. Confiar hasta en eso de que los muertos sí resucitan y que son dichosos los que sufren y lloran. La verdadera grandeza de la pobreza jamás podrá ser la simple carencia o la ausencia; pobre es aquel que se ha abandonado a Dios; pobre de espíritu es el que descubre una riquísima variedad de dones, talentos, virtudes, capacidades, potencialidades en su corazón y vuelve sus ojos agradecidos a Aquel que se los otorgó. ¿Qué tenemos que no hayamos recibido de su bondadosa providencia? ¿O qué hemos logrado sin la ayuda de la gracia de Dios? Para la primera pregunta la única respuesta es, lo robado o arrebatado; y para la segunda, “apartarnos de Él” Así hay que entender las Bienaventuranzas… como el efecto de confiar en Dios hasta el extremo de agradecerle sus bondades en donde no las vemos. Así hay que compadecerse del pobre hombre rico que abandonándose hasta de sí mismo y de sus seres queridos, vive encadenado a pesados metales que le impiden hasta el entendimiento de su desventura. Así es el pecado, nos hace creer que somos felices con él; nos hace creer que somos libres con él; nos hace creer que esa es la gran vida; hasta que aparece la cláusula invisible del desenfreno y poco remedio queda, pues vemos que pobres son los que únicamente tienen dinero. De la muerte del pecado, si nos queda aún compasión por nosotros mismos, pedimos perdón. De la muerte humana, sólo el juicio final resta y las oraciones de intercesión de aquellos bienaventurados a los que con los talentos que Dios nos dio, pudimos socorrer. |